2025-12-19
Lámina hecha casi de agua protegería quemaduras y heridas
Cuando la piel se rompe pierde su papel de barrera y queda expuesta a infecciones, irritación y pérdida de humedad. En ese escenario, esta lámina de origen biológico, elaborada a partir de nanocelulosa bacteriana, un material natural producido por microorganismos que transforman el azúcar en una red de fibras microscópicas ricas en agua, podría asumir de manera temporal parte de esa protección.
Además es biocompatible, lo que significa que el organismo la toleraría sin reacciones adversas ni toxicidad, y también podría absorber el líquido que producen las heridas, un factor clave para evitar que se acumule humedad contaminada sobre la lesión.
Su estructura porosa también permitiría el paso del aire, un aspecto fundamental para el proceso de cicatrización. “Muchas personas creen que las heridas no se deben tapar porque, como decían las abuelas, se ‘sancochan’. En realidad, lo que ocurre es que el líquido queda atrapado y puede infectarse. Este tipo de material ayudaría a evitar esa acumulación”, explica la ingeniera física Diana Catalina Mejía Henao, estudiante de la Maestría en Física de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Manizales.
A diferencia de una gaza tradicional, la película se comportaría como una capa suave y flexible, similar a una gelatina transparente, que no se pegaría a la herida ni bloquearía el intercambio de gases. También podría reducir la fricción con la ropa, una de las molestias más frecuentes en quemaduras extensas.
Por estas características, el material sería especialmente útil para tratar heridas abiertas y quemaduras recientes, ya que protegería mientras el cuerpo realiza su proceso natural de regeneración. Con el paso de los días, la lámina perdería agua, se secaría y formaría una capa que se desprendería de manera gradual a medida que la piel sana. “Por eso se habla de un sustituto temporal; acompañaría la curación, pero no permanecería de forma permanente”, aclara la investigadora.
Un material casi hecho de agua
El punto de partida de este desarrollo es un material que aparece de manera natural durante la fermentación del té de kombucha, una bebida tradicional elaborada con agua, azúcar y hojas de té, conocida por su proceso de fermentación controlada. En este proceso interviene una comunidad estable de bacterias y levaduras que, al alimentarse del azúcar, produce una membrana gelatinosa rica en celulosa, la cual crece en la superficie del líquido como parte normal de la fermentación.
Esta membrana, que suele considerarse un residuo del proceso, es en realidad una estructura continua y resistente, formada por fibras microscópicas generadas por las bacterias, que pueden recolectarse y procesarse sin necesidad de tratamientos químicos agresivos. Esa característica la convierte en una fuente limpia y accesible para el desarrollo de láminas con posibles aplicaciones biomédicas.
Esa membrana es fabricada principalmente por bacterias del género Komagataeibacter, capaces de transformar el azúcar en una red de fibras microscópicas que se entrelazan hasta formar una película continua, flexible y resistente, compatible con el contacto directo con la piel. Estas bacterias son conocidas por su capacidad para producir celulosa de alta pureza y ya han sido estudiadas en otros contextos, como la industria alimentaria, el desarrollo de empaques biodegradables y aplicaciones biomédicas experimentales, debido a la resistencia, estabilidad y biocompatibilidad del material que generan.
A diferencia de la celulosa obtenida de plantas, la producida por estas bacterias no contiene lignina ni otros compuestos que requieren tratamientos químicos para su eliminación, lo que permite obtener un material más limpio y uniforme, con propiedades físicas controlables según las condiciones de cultivo.
Aunque en muchos casos esta capa se desecha, en realidad se trata de un material obtenido en un estado casi puro, sin necesidad de procesos químicos agresivos. “Empecé trabajando con residuos vegetales, pero al investigar más encontré que esta bebida producía un material mucho más limpio y con aplicaciones biomédicas muy interesantes”, anota la investigadora.
En el Laboratorio de Materiales de la UNAL Manizales, la membrana se cultiva y transforma en láminas delgadas y flexibles, conocidas en ciencia como hidrogeles, materiales caracterizados por su alta capacidad para retener agua.
“Entre el 98 % y el 99 % del material es agua, y solo entre el 1 % y el 2 % corresponde a fibras de celulosa”, señala la estudiante de maestría. Tal composición permitiría que la lámina se adapte con facilidad a la superficie del cuerpo y mantenga un ambiente húmedo, una condición fundamental para la recuperación de quemaduras de segundo grado, lesiones que afectan tanto la capa externa de la piel como tejidos más profundos y suelen provocar ampollas, dolor e inflamación.
A simple vista, el material se asemeja a una gelatina transparente; sin embargo, su estructura interna está formada por fibras extremadamente pequeñas, lo que le daría resistencia y flexibilidad, y permitiría su contacto con la piel sin causar daño.
Tradición, ciencia y los próximos pasos
El desarrollo no se limita al uso del material como base estructural. Aunque esta lámina sería segura para el contacto con la piel, por sí sola no tendría propiedades antimicrobianas ni antiinflamatorias, por lo que la estudiante decidió explorar formas de fortalecerla a partir de extractos de plantas utilizadas tradicionalmente para el cuidado de heridas.
“Quise tomar ese conocimiento que han usado las abuelas durante años y comprobarlo en el laboratorio”, explica la investigadora Mejía. Tras evaluar distintas opciones, eligió el llantén, una planta reconocida por sus posibles efectos antimicrobianos, antiinflamatorios y cicatrizantes. La propuesta consiste en integrar su extracto directamente dentro de la lámina, en lugar de aplicarlo sobre la piel, con el objetivo de combinar saberes tradicionales y ciencia contemporánea en un solo material.
Hasta ahora, el trabajo ha permitido sintetizar las láminas y definir las condiciones necesarias para su obtención en el laboratorio. En la siguiente fase, se prevé realizar pruebas para confirmar su compatibilidad con tejidos vivos y evaluar si el material sería capaz de inhibir el crecimiento de bacterias comúnmente asociadas a infecciones en heridas, como Staphylococcus aureus y Escherichia coli.
Dichas bacterias pueden ingresar cuando la piel pierde su función de barrera y, si no se controlan, retrasan la cicatrización y aumentan el riesgo de complicaciones. Por ello, el análisis también incluirá el estudio de las propiedades físicas de la lámina y de su estructura interna, aspectos clave para determinar su posible uso en aplicaciones biomédicas.
“Este es el alcance de mi maestría, pero me gustaría continuar esta línea en un doctorado y, a futuro, pensar en ensayos preclínicos”, concluye.
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